miércoles, 16 de abril de 2008

LA LARGA COLA

“La tierra ha cambiado de rostro: hay tierras que se hundieron bajo las olas del mar. Los ríos no han sido fieles a su curso, ni las montañas permanecen en sus formas. Los glaciales se derriten inmisericordes, por la bestia contaminante de los seres humanos” (Retazos de la historia)
Cuando nos adentramos en lo profundo de la historia llena de secuenciaciones, de procesos evolutivos en todos los reinos, incluido el de los seres humanos, me quedo pasmado o espantado de un objeto o suceso raro, al apreciar la sombra de la bestia y sus consecuencias.
Unas cuantas consideraciones me hago en el presente periodo, pues mi capacidad no puede abarcar tantas cosas que están aconteciendo y que sobrepasan mi pequeño intelecto. Pero quiero enumerar unas cuantas, y al mismo tiempo, compartirlas con todos ustedes.
Primera: la manipulación de determinadas frecuencias en el planeta Tierra, desequilibrando su sistema complejo y global.
Segundo: mantener aislada a una gran parte de la sociedad, de los problemas reales, que, sumidos en la oscuridad, la bestia manipula a su antojo, creando seres pensados y no pensantes.
Tercero: crear falsos líderes, como iconos de las masas, bien sea en la música, en las sectas, que mas que unir, divide a los individuos, y sus lideres se enriquecen al socaire de sus seguidores.
Cuarto: los espectáculos de masas de no importa qué índole, adormecen los sentidos que, ávidos de emocionalidades, son incapaces de pensar y discernir, lo que la bestia y su cola están haciendo con estos, que atrapados, caen en las fauces devoradoras de la adrenalina que en ellos se expande.
Quinto: las continuas guerras basadas en estudios psicológicos y económicos, van haciendo mella en esta sociedad decadente y escuálida, que muriendo por las contiendas bélicas, enfermedades como el cáncer, el ébola, más otras que aún no tienen nombre, pero que están manifestadas y que son una pandemia que anida en la oscuridad de la cola de la bestia…
Sexto: el miedo como arma de todos los tiempos, los opresores se están valiendo, teniendo a los individuos bajo el poder de la oscuridad, y eso sigue estando vigente. ¿Quién gobierna los destinos de los pueblos y las naciones? Los medios de comunicación tienen el control de las masas, la invasión de publicidad sociopolítica y las religiones, dirigen gran parte de la humanidad, así pues, los individuos, nos dejamos llevar, sin tener en cuenta el propio criterio interno o ético.
Séptimo: la humildad, exige el que nos pongamos en marcha y con ello, aminoremos  el mal de la bestia, que no por no verse, no nos toca con su gran cola. Ésta es como un virus al que todos estamos expuestos, unos por nuestra soberbia y prepotencia, otros por manipuladores, porque creemos estar por encima de los demás, y que otros sean nuestros acólitos. Si pensamos que estamos aquí para ser servidos, nos equivocamos de todas, todas. Si no somos servidores, nunca se nos concederá el don de lo divino.
Ha llegado el tiempo, en que el humilde sabio anunció el presente, pero los oídos están sordos, éstos están tocados por la cola de la gran bestia, contaminados de las corrientes emergentes, que destruyen el sentido profundo como almas. Los predicadores mesiánicos, nos bombardean sin cesar, y el ambiente se hace tan denso, que sólo el silencio es el antídoto. Hablamos en demasía, teorizamos y no practicamos con la voz del silencio, para que la equidad sea un hecho justo.
Los grandes gobernantes se disputan el mundo como una tarta, pero el planeta se volverá  contra estos depredadores  sin ningún escrúpulo. Mientras tanto, ¿qué hacemos el resto de los individuos? Teorizar, despellejar a nuestros semejantes, ser envidiosos, altaneros y quebradizos.
Una sociedad tiene que evolucionar con respeto y concordia, con alegría y sinceridad, con misericordia y PAZ.

J.T.D. 21-03-08

jueves, 7 de febrero de 2008

Una cultura para la paz

A mí siempre me ha gustado hacer algo que estuviera en relación con
José Monleón, porque así tengo la oportunidad de escucharle y de aprender
de una de las personas que está contribuyendo más a crear lazos y tejidos
de hebras multicolores, que maneja como nadie. Es el teatro y es lo que
escribe y es lo que dice y finalmente esto es lo que hoy nos interesa. He
dicho muchas veces que tuve ocasión de conocer el silencio de los
silenciados, el silencio de los amordazados en el año 1961, cuando estuve
por primera vez en la URSS, como bioquímico. Entonces conocí lo que
representaba la paz de la seguridad que es la paz del silencio. Pasado el
tiempo he conocido otro silencio, que me preocupa mucho más que el
silencio de los silenciados que es el silencio de los silenciosos: el silencio
de los que pudiendo y debiendo hablar no lo hacen. Es el silencio de las
instituciones, que por su notoriedad científico-académica, permanecen en
silencio cuando a escala internacional o nacional se toman medidas que
pueden afectar de manera muy grave a la dignidad humana. Sobre todo,
pueden afectar a las condiciones, a la calidad de vida de las generaciones
futuras. En este caso no comprendo cómo se puede permanecer callado.

Hablar tiene su precio. Por esto me encanta que José Monleón me invite de
vez en cuando a acompañarle, para elevar la voz alta de la paz y la justicia.
Hace años, siendo un profesor de bioquímica, joven, fui a Oxford,
donde tuve la oportunidad extraordinaria de trabajar con el profesor Hans
Krebs (Premio Nobel en 1953), uno de los grandes de la bioquímica de
todos los tiempos. Al llegar al condado de Oxford - saben que los ingleses
se caracterizan por que casi nunca escriben nada en inglés en sus
emblemas, haciéndolo en francés o en latín – leí que el lema del condado
era “Sapere aude” (“atrévete a saber”). Me pareció tan importante! Y
pensé que efectivamente, lo que hay que hacer es conocer muchas cosas. Al
cabo de un tiempo, sin embargo, pensé que era mucho más importante lo
contrario saber atreverse. Ir a contracorriente era más importante que el
conocimiento. Un gran físico, una persona que revolucionó, Albert
Einstein, dijo en determinada ocasión que “en momentos de crisis, mucho
más importante que el conocimiento es la imaginación”. Creo que estamos
hoy en un momento de crisis de esta naturaleza. Les voy a mencionar a otro
personaje que desde hace años ha inspirado buena parte de las cosas que yo
he tratado de hacer en favor del primer artículo de la Declaración Universal
de los Derechos Humanos, que para mí es el acontecimiento más
importante del siglo XX. Aquel 10 de diciembre de 1948, ¡qué maravilla!...
“Todos los seres humanos son libres e iguales en dignidad. Todos están
dotados de razón y se relacionan entre si fraternalmente”. Pues bien, si
pudiéramos aplicar este artículo primero estaría todo solucionado. A favor
de la igualdad escribió un personaje al que reconocemos más por otras de
sus dimensiones creadoras como pintor, como escultor, como inventor,
porque diseñó algunos aparatos. Me refiero a Leonardo Da Vinci. Leonardo
escribió una pequeña narración, que se refiere a un barco en momentos de
bonanza: "A bordo se reconocen unos a otros... uno es negro, el otro es
blanco, uno es joven, el otro es viejo, uno rico, el otro es pobre, uno es
mujer, el otro es hombre"... De repente, se desata una tempestad y todos
súbitamente se dan cuenta, en ese estado de zozobra, que el barco puede
irse a pique. "De pronto, ya no hay a bordo ni ricos ni pobres ni viejos ni
jóvenes ni mujeres ni hombres: no hay más que pasajeros que comparten
un destino común”. Es decir, se igualan todos ante un gran desafío. Es
irrelevante que sean hombres o mujeres, blancos o negros, ricos o pobres.
Es irrelevante porque lo que se están jugando ahora es mucho más que eso:
se están jugando la propia vida.

Pienso que en el momento actual, cuando hablamos de los grandes
problemas que hoy enfrenta la Humanidad, cuando seguimos en una
civilización de fuerza, de la ley del más poderoso, es lógico que volvamos
la vista hacia años tan densos como los 40 y 50, porque eran años de
tensión humana. Por eso fueron tan creativos. Fue al término de la Gran
Guerra, con holocausto, con genocidio, con prácticas abominables de
exterminio, cuando se produjo esta sensación de “basta ya!”. Esto no puede
volver a repetirse, tenemos que reunirnos todos, tenemos que tener -
también a escala internacional - unas pautas, unas normas. Tenemos que
tener justicia; tenemos que ser iguales; tenemos que hacer que estas
asimetrías desaparezcan... “Existía tensión humana porque aquellos ojos
habían visto cosas horribles y aseguraron que no querían que sus hijos
viviesen lo ellos que acababan de vivir. Así que, en San Francisco,
proclamaron solemnemente “Nosotros los pueblos..."(no dijeron “Nosotros,
los vencedores”; no dijeron “Nosotros, los estados...”, dijeron “Nosotros,
los pueblos... todas las culturas, todas las lenguas, todos) hemos decidido
evitar a nuestros hijos el horror de la guerra”. De esta manera empieza la
Carta de las Naciones Unidas.

La Constitución de la U.N.E.S.C.O. inicia su preámbulo así: “Puesto
que las guerras nacen en las mentes de los hombres, es la mente de los
hombres donde deben elevarse los baluartes de la paz”. Es un verso de un
poema de Archibald Mc Leish, uno de los grandes poetas norteamericano
de entonces. En San Francisco, en la Carta, se vive esta tensión que les
hace olvidar quién ha ganado, quién ha perdido: todos podemos cambiar el
rumbo de los acontecimientos, todos podemos cambiar las tendencias
actuales.

Un Premio Nobel de Química, Ilya Prigogine, aplicó la química de
las tensiones a la producción creativa que es distintivo de la especie
humana. Hoy los bioquímicos, los genéticos, ya han descifrado el lenguaje
de la vida. Ya sabemos cómo funcionan la mayoría de las reacciones
propias de los seres vivos. Podemos establecer cómo va a comportarse un
insecto, un perro, cualquier ser vivo, porque ya conocemos las “señales”,
conocemos el lenguaje y podemos interpretar lo que sucede. Es un
comportamiento lineal, con una excepción: la especie humana. ¿Por qué?
Porque la especie humana tiene una capacidad distintiva, absolutamente
desmesurada, que es la capacidad de crear, la capacidad de pensar, la
capacidad de imaginar, la capacidad de inventar, la capacidad de innovar.
Esta capacidad hace que puedan encontrarse soluciones inesperadas, o que
se inventen. Ya lo dijo Aníbal: "Buscaremos los caminos y, si no los hay,
los inventaremos”. Es en lo inesperado donde está nuestra esperanza.
¿Quién podía esperar que, hablando de discriminaciones étnicas, aquel
régimen abominable (yo lo he vivido y se lo puedo decir a ustedes, era
abominable), el “apartheid” racial en Suráfrica... quién podía imaginar que
un prisionero llamado Nelson Mandela, después de 27 años en la cárcel
(los últimos 8 años y medio en Rubben Island, en la Isla de las Serpientes,
frente a la Ciudad del Cabo)... quién podía imaginar que en aquel ambiente
Nelson Mandela, en lugar de fermentar odio, animadversión, radicalidad,
agresividad, estuviera fermentando brazos abiertos, manos tendidas,
estuviera llegando a la posibilidad de terminar con aquel sistema perverso?
Sucedió porque era inesperado. Nelson Mandela hizo lo contrario de lo que
podíamos suponer que haría.

Los grandes momentos de inflexión de la Humanidad se han debido a
esta creación, a esta invención de nuevos derroteros, de nuevos caminos, de
nuevos rumbos. Pero para esto es necesaria la tensión creadora: cuando los
químicos quieren realizar una reacción química, lo primero que se hace es
calentar con un mechero, porque tiene que haber encuentros, tiene que
favorecerse la interacción entre las moléculas. Si no es así, dice Ilya
Prigogine, cerca del equilibrio no sucede nada. Se necesita esta tensión para
que haya una mutación, para que haya una transformación. Lo mismo pasa
con la capacidad creativa: se produce lejos del equilibrio, porque hay
tensión, pasión humana. Cuando ya no hay pasión puede haber compasión,
es decir, puede haber este sentimiento de solidaridad en relación a los
demás. José Martí escribió: "Sólo de la desventura nace el verso”. Hombre!
No sólo de la desventura, también puede nacer de la gran ventura, pero
quiero decirles que es cierto que es en los momentos en que no vemos
prácticamente nada cuando una pequeña hendidura que deja entrar un poco
de luz puede ser una gran inspiración. Si estamos rodeados de luz no
echamos de menos esta pequeña señal que puede llevarnos a encontrar
nuevas formas de hacer frente, nuevas formas de encarar los grandes
desafíos de nuestro tiempo.

Otro poeta, Jesús Massip, del bajo Ebro, escribía en un libro suyo,
llamado “El libro de las horas”, que “las horas vuelven y nos encuentran
instalados y dóciles. A mí es ésta una de las cosas que más me preocupa,
en relación a los que tanto debemos. Nosotros somos los padres de unos
hijos que no nos han pedido venir y, claro, no les podemos decir que ya
estamos “instalados y dóciles”. La palabra que utiliza Massip en catalán es
todavía más fuerte: “fets i docils”, es decir, “hechos”, como si al ser
maduro y estar “hecho” ya no se tuviera capacidad de reacción, valentía,
coraje. Precisamente por eso decía al principio que me encantaba estar con
José Monleón. Es verdad: no nos deben encontrar hechos y dóciles. Cuando
vuelvan las horas nos tienen que encontrar indóciles, nos tienen que
encontrar con esta capacidad de buscar caminos, de inventar, de crear, que
es nuestra desmesura y nuestra esperanza.

Europa, que podía ser uno de los grandes lugares de tensión, de
compasión, de observación del conjunto de la humanidad, de darse cuenta
de que somos 6.100 millones de personas a bordo y no sólo unos cuantos
privilegiados que vivimos en esta parte de la aldea global... somos unos
cuantos, el 17%... y el 83% restante está fuera de este barrio de
prosperidad material... Europa, en lugar de abrir las ventanas y ver cómo
podemos ser “Nosotros, los pueblos”, es decir, ser todos ha hecho lo que
con frecuencia se hace para proteger una cultura, y que constituye un error
craso: hacer lo contrario, cerrar las puertas, cerrar las ventanas. Incluso
veces hacemos algo peor: ponemos en los cristales de las ventanas una sal
de plata y los transformamos en espejos. Y nos miramos al espejo y
decimos: “Qué bien, qué bien está yendo Europa!”. Ésta es una pequeña
parte de Europa, con una serie de raíces muy importantes. De lo que no
cabe duda es que no hemos abierto las ventanas, que nos hemos olvidado
de mirar ... incluso a nosotros mismos. No hemos mirado un poco más allá
del Estrecho de Gibraltar, tampoco hacia el Este. En una palabra, hemos
reaccionado como instalados. No hemos tenido la capacidad creadora. La
capacidad creadora de los últimos años ha sido muy significativa en
América Latina. No ha sido en Europa el lugar donde se ha producido esta
creación. Hemos estado demasiado atentos a lo que pasaba en el Norte, más
allá del Atlántico, y hemos ido perdiendo la tensión humana que nos lleva a
saber vivir juntos.

Otro tema que quería abordar rápidamente es el de la precisión
terminológica, que como científico me preocupa mucho. Hablamos de
“diálogo de civilizaciones”. ¿Diálogo? No he visto casi nunca que haya
habido diálogo. Ha habido invasiones, ha habido el predominio de la
cultura de unos pueblos que, a veces, también eran muy heterogéneos en
sus culturas y en sus lenguas, y que se han impuesto sobre otro, para
formar primero una amalgama, después un crisol. Sin embargo, hay
muchas culturas que han quedado más yuxtapuestas que fundidas. A qué
precio de sufrimiento muchas de estas invasiones y las mezclas culturales
que conllevan, han producido buenos resultados. Desde hace unos años, la
multiculturalidad tiene una naturaleza distinta: la “mezcla” ya no se
produce por una invasión, un ejercicio de fuerza. Se realiza por la
atracción, que llega a ser absolutamente irresistible, que ejercen sobre los
que viven muy mal las costas de la abundancia. Recuerdo cuando una tarde
visité en Pretoria al presidente Nelson Mandela. Antes había vuelto a uno
de los lugares que más me han impresionado: en Johannesburgo, además
de Soweto, hay un barrio que se llama Alexandra TownShip. Allí hay
aproximadamente unos 400.000 ciudadanos y ciudadanas de raza negra que
viven en medio de las basuras, en medio de los estercoleros, en medio de
los desagües, y cuando hablaba con ellos me decían que “al principio
esperábamos, después sólo aguardábamos, ahora ya no aguardamos nada”.

Fíjense ustedes cómo cambia la sensación de espera. Llega por fin Nelson
Mandela, el primer presidente de color, y todos piensan que “ahora
muchas cosas van a cambiar, vamos a tener una primera calidad de vida
mínima, ahora podremos decir que somos ciudadanos iguales en dignidad
con los demás”... y, de momento, se dan cuenta de que pasa un mes y pasa
un año, dos, tres y aquel “apartheid” racial, que se había superado no va
acompañado de la superación del apartheid social. Se lo comenté,
angustiado, al Presidente Mandela y respondió que estaba haciendo todo lo
posible... pero que los grandes poderes eran muy reticentes al cambio.
Desde un punto de vista social, de condiciones de vida humanas, el
mundo sigue estando, no ya como estaba antes, sino que ha empeorado.
Tenemos que tener en cuenta estas circunstancias cuando analizamos los
flujos migratorios, cuando nos preguntamos qué está sucediendo. Pues está
sucediendo que no hemos cumplido las promesas que les hemos hecho
desde hace muchos años (desde octubre de 1974): les ayudaríamos en las
necesidades más perentorias y a tener acceso al conocimiento, con el 0.7%
del PIB de los países más desarrollados. Ellos tienen más sabiduría que
nosotros: yo no he encontrado nunca mayor sabiduría que en mis
conversaciones con las mujeres africanas, porque quizá han tenido que
inventar de una manera cotidiana y muy sencilla la manera de superar cada
día las condiciones adversas. Pero lo que es cierto que no les hemos dado lo
que les habíamos prometido. Los países más adelantados les dijimos que
les ayudaríamos para que pudiesen al menos contribuir a la explotación de
sus recursos naturales. Y no ha sido así. Es más, en los últimos años incluso
hemos decrecido aquel 0,7% que les habíamos prometido, que hubiera
permitido, no sólo desde un punto de vista económico sino desde un punto
de vista cultural, desde un punto de vista medioambiental, que hubiera
habido muchos países que salieran un poco a flote. No se ha hecho. Hemos
ido hacia atrás y hemos sustituido las subvenciones por los préstamos. Los
préstamos favorecen a los prestamistas, muy pocas veces favorecen a los
prestatarios, sobre todo, en las condiciones draconianas en que se han dado
la mayor parte de los préstamos

Por estas razones, tenemos que conocer la realidad y ser muy
cuidadosos con la terminología. Cuando hablamos de culturas no podemos
confundirlo con civilización, y cuando hablamos diálogo tenemos que
saber lo que significa diálogo y si se dan las condiciones para este diálogo
o no. Cuando hablamos de los distintos países de una forma despectiva,
porque los contemplamos desde nuestra cultura, desde nuestra riqueza
tradicional, desde este mosaico que es, por ejemplo, España, con tantas
culturas distintas, con lenguas, con modalidades de expresión, nos creemos
que tenemos la suficiente altura intelectual para ir, por ejemplo, a África y
decirles: "Miren: éste es el modelo que ustedes tienen que seguir". Pues no,
no es nuestro modelo el que deben seguir. Tenemos que decirles:
"Queremos ayudarles a que ustedes pongan en marcha el modelo que
ustedes desde hace tanto tiempo vienen pensando”. Porque, además, tienen
un gran tesoro para ponerlo en práctica: la experiencia de cada persona". Es
lo único que realmente vale, es lo que tenemos que utilizar. Por eso una de
las mejores pautas para favorecer esta interacción permanente es la
escucha. Con frecuencia no tenemos en cuenta la experiencia adquirida por
tantas personas. Pensamos que hay unos que tienen las fórmulas y otros que
tienen las necesidades. No es así. Las fórmulas las tienen aquellos que
cada día están haciendo frente a un reto. A mí me lo recordó de una manera
genial una maestra de un pueblecito en Burkina Faso. Estábamos allí con el
Presidente y las personalidades del país. Al final me dijo: "Me ha gustado
lo que han dicho, pero ¿por qué ustedes, la UNESCO, UNICEF, las ONG,
siempre vienen a darnos consejos en lugar de venir a escuchar los
nuestros?". La única manera de que el diálogo pueda ser una realidad es
alimentar su propia autoestima. Cuando hablamos de continentes como
América Latina o África, y hacemos juicios con gran ligereza sobre la
corrupción, siempre pienso en una pregunta aparentemente fuera de lugar al
hablar de diálogo intercultural. En Toronto, hace unos años, en un
congreso, se hizo una pregunta en relación a África y algunos de los
expertos arremetían contra la variedad de lenguas, en comparación con el
eje vertebrador que suponía el inglés y el francés... También hablaban de la
corrupción. Entonces se levantó alguien y preguntó a quién pertenecía
África. Esto es exactitud terminológica! ¿A quién pertenece África? ¿Por
qué no hacemos las cuentas de a quién pertenece África? ¿Por qué no
hacemos las cuentas de cuánta gente muere al día? Pero como mueren en el
olvido, como mueren de manera invisible, no los contamos; sólo contamos
a los vivos, que viven en el barrio próspero. Sólo contamos a los que
mueren en este barrio próspero. ¿Contamos los 50 mil que mueren todo los
días de hambre? Se lo digo con toda sinceridad, no se puede hablar de
diálogo mientras en los barrios más menesterosos vivan hacinados y haya
gente que se muera sencillamente de hambre. ¿Han pensado alguna vez que
el cincuenta por ciento de la humanidad no tiene agua corriente y por tanto
no tiene facilidades higiénicas, mientras hablamos de la globalización de
los medios de comunicación? La mitad de la humanidad, unos 3.000
millones de personas, nunca han hecho una llamada telefónica. Esto
tenemos que saberlo para hablar de diálogo.

En 1989, cuando pensábamos que tras la caída del muro de Berlín
obtendríamos los “dividendos de la paz”, resultó que seguimos en una
cultura de guerra: “Si quieres la paz, prepara la guerra”. Así que hacemos
aquello para lo que estamos preparados: gastamos alrededor de 2.000
millones de dólares al día en armamento. Además, hemos ido, poco a poco,
eliminando los escenarios en donde estaban los “pueblos” y ahora ya no
estaban los pueblos. Ahora están los poderosos, los G-7, los G-8. En una
palabra, democracia a escala local pero plutocracia u oligocracia a escala
internacional. Mientras persista esta situación de total impunidad a escala
internacional, mientras podamos tener corporaciones inmensas (algunas de
ellas tienen unos medios financieros y tecnológicos superiores a treinta
estados en el mundo), mientras tengamos estas asimetrías, será muy difícil
que tengamos este diálogo de culturas, este diálogo de los pueblos que es
absolutamente imprescindible para que se corrijan tantas tendencias que en
estos momentos no nos permiten augurar el porvenir que se merecen
nuestros hijos en el aspecto medioambiental, ético, cultural o económico y
social. Por eso se proclamó en la Carta: “Evitar a nuestros hijos el horror de
la guerra”. Ahora tenemos que esforzarnos incansablemente en evitar que
nuestros hijos y nuestros descendientes se encuentren con desafíos que
sean muy difíciles de encarar, si desde ahora no transitamos desde una
cultura de guerra y de enfrentamiento a una cultura de diálogo y de paz.

Federico Mayor Zaragoza

jueves, 15 de marzo de 2007

Una nueva “glasnost” para el planeta

Mikhail Gorbachov fue Presidente de la Unión Soviética de 1990 a 1991, y Secretario General del Politburó del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética de 1985 a 1991. Durante este período de tiempo promovió toda una serie de reformas fundamentales a nivel nacional, entre ellas la ampliación de las libertades y la democratización del proceso político, que fueron llevadas a cabo aplicando una política de reestructuración social y económica, o Perestroika, y de transparencia, o Glasnost. En abril de 1988, Gorbachov anunció su decisión de retirar las tropas soviéticas de Afganistán, terminando de este modo la guerra de guerrillas en la zona. El nombre de Gorbachov también está asociado con la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría, en reconocimiento de lo cual, se le otorgó el Premio Nobel de la Paz en 1990. Desde 1992 ha sido el Presidente de la Fundación Gorbachov, un centro de investigaciones sociales, políticas y económicas; y en 1993 fundó Green Cross International.


Aunque suene paradójico, a pesar de los innumerables desastres humanitarios y ambientales de los que he sido testigo en las últimas décadas, celebro de todo corazón el lanzamiento del primer número de la revista “El Optimista de Green Cross”. El título de la revista puede asombrar a algunos: después de todo, nos hemos visto expuestos a una avalancha de previsiones lúgubres respecto a nuestro futuro que deja muy pocas opciones, si es que deja alguna, para ser optimistas. Pero optimista no es quien, a semejanza del “Cándido” de Voltaire, ve el mundo de color rosa y afirma que todo es para bien, a pesar de sufrir una desgracia tras otra. Optimista, a mi juicio, es quien no se resigna a aceptar la situación actual y busca con plena conciencia de la realidad la posibilidad de mejorar el mundo, de enfrentarse a los problemas prácticos que encuentra la gente aquí y ahora. A esta actitud yo la llamo “el optimismo por la acción” y estimo que tal filosofía de la vida podría ser catalizadora de un proceso tan necesario como es la transición al desarrollo sostenible. Para ello se necesita, en primer lugar, elevar el nivel de los conocimientos y de las motivaciones de la población.

Veinte años atrás, cuando se utilizó la Glasnost (transparencia) para lanzar el proceso de Perestroika que transformó la Unión Soviética, nadie se creía que era factible. Pero me movía la necesidad de “despertar” a las personas que se habían quedado “dormidas” y de hacerlas participar de forma verdaderamente activa y comprometida, de asegurar que cada persona se sintiera dueña de su país, de su empresa, oficina o instituto: hacer que cada persona se sintiera involucrada en cada uno de los procesos en los que participaba. Uno de los primeros resultados de la Glasnost en la URSS fue el aumento de la concienciación sobre los enormes problemas ambientales que asolaban al país, y las apasionadas exigencias del público para detener las actividades más perjudiciales, que dieron como resultado el cierre de miles de fábricas altamente contaminantes y la cancelación de un importante proyecto para desviar los ríos de Siberia.

Estoy profundamente convencido de que hoy los ciudadanos del mundo necesitamos una Glasnost reformulada para infundirles vigor, para informarles y para inspirarles de forma que pongan los ingentes recursos naturales del planeta y nuestros conocimientos al servicio de todos los ciudadanos del mundo. No debemos permitir el retorno a los tiempos de excesivos gastos militares y el temor de la gente cuyas concepciones difieren de la nuestra. La gente no puede tolerar durante mucho tiempo vivir en un planeta en el que millones de niños no tienen acceso al agua potable y se van a dormir hambrientos cuando se entere de que tenemos la capacidad para cambiar esta situación. Tengo fe en la humanidad y gracias a esa fe sigo siendo un optimista activo.

Mientras la situación se agrava, ocasionando daños irreparables al planeta y erosionando la seguridad mundial, no tenemos tiempo que perder para afrontar los tres principales retos entrelazados del desarrollo sostenible: la paz y la seguridad, la pobreza y las privaciones, y la calidad ambiental. Frente al terrorismo internacional, la amenaza de la proliferación de las armas de destrucción masiva y los conflictos bélicos locales cada vez más frecuentes, hay que mantener un esfuerzo constante para asegurar la paz y la seguridad. La existencia de enormes áreas de pobreza en el mundo es moralmente inaceptable y abona el terreno al terrorismo, a la violencia y al crimen organizado sin fronteras. La situación ecológica en la Tierra se hace cada vez más alarmante, y los problemas ya no están limitados a una zona ni se pueden gestionar localmente: como resultado del calentamiento global va cambiando el clima, los cataclismos naturales son más frecuentes y devastadores, se derriten los glaciares y el hielo polar se reduce; debido al agravamiento de la situación provocado por las actividades económicas irresponsables, se agotan las reservas pesqueras en los océanos, la desertificación avanza, y desaparecen millares de especies de plantas y animales a un ritmo alarmante.

Nos jugamos a una carta nuestro futuro en aras de una efímera prosperidad basada en la contaminación y la explotación. La desgracia, sea debida al petróleo derramado, a una fuga de una sustancia química tóxica e incluso a una explosión en una central nuclear tipo Chernobil, puede ocurrir cualquier día y poco se hace para evitarla. La mayor parte de quienes no desean cambiar su modo de vida ni alterar los fundamentos del sistema económico que paga sus cuentas, han pactado una especie de conspiración del silencio y mientras, la mayoría de los políticos, revelan una tremenda pusilanimidad moral, y se niegan a reconocer la magnitud y el carácter real de los desafíos contemporáneo al perpetuar esa conspiración.

Tres retos del desarrollo sostenible están relacionados entre sí, tanto por sus orígenes, como por las consecuencias y por los imperativos que marcan a la humanidad. Imposible oponerse al fanatismo, a la delincuencia, al terror, o garantizar la seguridad global sin luchar contra la pobreza. Imposible superar la pobreza sin asegurar el derecho de todos a los medios esenciales de subsistencia, la protección del medio ambiente y el acceso a los recursos. El desarrollo y la protección del medio ambiente son tareas interdependientes. ¿Cómo prohibir a los pobres de la cuenca del Amazonas que talen los árboles tropicales para sembrar los campos, si carecen de otros medios para subsistir? ¿Cómo exigir a un país pobre que adopte medidas costosas para proteger la naturaleza? Pero si no pensamos en la naturaleza, los esfuerzos para crear un mundo más justo y consistente estarán condenados al fracaso.

Al reflexionar sobre esto no podemos dejar de preguntarnos: ¿cuáles son las causas de semejante situación? Sin comprender las causas, es imposible emprender acciones sensatas, meditadas y convenientes. Nuestro mundo está plagado de conflictos y contradicciones, problemas antiguos cuyos condicionamientos previos se han ido acumulando en el proceso de evolución de la civilización humana a lo largo de toda su historia. Y ahora han adquirido magnitudes verdaderamente globales, convirtiéndose en una grave amenaza para la propia existencia de la humanidad. Y la globalización, como factor hoy imperante en el proceso de desarrollo mundial, debe considerarse responsable de ello. La globalización desnuda y agrava todos los problemas y contradicciones precedentes, creando otros nuevos y llevándolos a extremos peligrosos.
La globalización impuesta por el mercado tiende a reforzar la noción, derivada de la teoría neoliberal, de que el crecimiento económico medido por los indicadores de Producto Nacional Bruto y de Producto Interior Bruto constituye la única forma de medir la riqueza y el progreso de un país. La acumulación de capital y el consumo individual adquieren un valor superior al de los valores sociales o espirituales, o al del patrimonio cultural. La ideología y la política del globalismo neoliberal, promovidas por los países que obtuvieron mayores ventajas de la globalización, intensifican esa tendencia. Los resultados acumulativos basados en esa lógica de decisiones individuales conllevan a largo plazo consecuencias imprevistas y peligrosas.

A menudo nos encontramos con la afirmación de que la globalización es un proceso objetivo, inevitable y sin alternativa. Sobre todo perseveran en ello quienes ansían sugerir que es imposible y absurdo oponerse a la globalización, lo que no es de extrañar. Mientras tanto, el papel de la elección política como factor que controla los procesos de la globalización, en provecho de los más fuertes en el mercado global, ha sido demostrado convincentemente por investigadores occidentales muy prestigiosos.

Es incuestionable que la política está en el trasfondo de la globalización. Los acontecimientos de los últimos años ilustran claramente que los círculos neoconservadores de EE.UU. procuran aprovechar la globalización para aplicar la política imperial de la fuerza e imponer su voluntad al mundo restante. El motivo por el cual el factor de la fuerza se promueve a un primer plano es, quizás, debido a la creencia de que los recursos naturales son limitados y que su aprovechamiento ya rebasó el umbral crítico, y la apropiación de la ración del león por parte de los países ricos que suponen una minoría en la humanidad (en reducción), priva al mundo restante (la mayoría en aumento) del acceso equitativo a esos recursos y, en muchos casos, a los medios necesarios para la existencia.

El menosprecio de estos países al mundo restante fue demostrado claramente por algunas actuaciones del presidente Bush, como la negativa a firmar el Protocolo de Kioto, así como las acciones bélicas contra Irak, emprendidas en base a informaciones falsificadas, violando el derecho internacional y eludiendo las resoluciones de la ONU. En los primeros años de su presidencia, G. Bush, con pretextos de la economía financiera, efectuó una serie de cambios sustanciales en la política ecológica nacional que debilitaron considerablemente las leyes antes promulgadas sobre protección del medio ambiente. Al mismo tiempo, no se detuvo ante el desembolso de miles de millones de dólares (ya sin hablar del coste en vidas humanas) para la guerra en Irak.

Este rumbo peligroso conduce al agotamiento de los recursos naturales de América del Norte y contribuye a incrementar la confrontación entre Norte y Sur, entre los países ricos y pobres. Los acontecimientos trágicos del 11 de septiembre de 2001 mostraron gráficamente al mundo entero la gravedad de tal amenaza. Por desgracia, aún quedan lecciones por aprender de esos sucesos.

¿Existe una alternativa a la situación reinante? Estoy convencido de que sí: la historia no es fatalista, en cualquier situación hay lugar para alternativas. Las búsquedas del modelo alternativo de desarrollo mundial condujeron en su tiempo a la elaboración del programa de desarrollo sostenible, el cual fue apoyado por la Organización de las Naciones Unidas y aprobado por los Jefes de Estado y de Gobierno de la mayoría de países del mundo en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992. Por primera vez en la historia, la comunidad mundial logró elaborar y coordinar un plan estratégico general destinado a resolver problemas de importancia vital para la humanidad. Sin embargo, la realización de este plan tropezó con serios obstáculos. Los gobiernos de países industrialmente desarrollados renunciaron a las obligaciones contraídas, en su política dominó la filosofía del liberalismo económico, la desregulación y la aceleración del crecimiento económico.

Los adversarios del principio de desarrollo sostenible se esforzaron mucho en desacreditarlo ante los ojos del público. No obstante, el interés por el mismo no ha decaído. El llamado movimiento “antiglobalista” (en realidad, un movimiento contra el fundamentalismo mercantil), cuyo lema reza: “otro mundo es posible”, se pronuncia a favor del modelo alternativo de desarrollo mundial. El principio de desarrollo sostenible cuenta con el apoyo de la socialdemocracia internacional, los movimientos “verdes” de numerosos países, y muchas organizaciones no gubernamentales, que hoy día llegan a ser centenares de miles, con millones de participantes. Se trata de una fuerza significativa, cuya presión social perciben con claridad las élites gobernantes.

¿Qué se debe hacer, entonces, para cambiar la situación? Ante todo es necesario un análisis crítico de los factores estructurales que impiden la transición al desarrollo sostenible. Hay que comprender los mecanismos de la globalización que llevan el desarrollo por un camino peligroso. Hay que superar el atraso de nuestra mentalidad, de nuestra conciencia ética respecto a los desafíos de la época. La mentalidad consumista y el egoísmo nacional continúan siendo un serio obstáculo para materializar los principios del desarrollo sostenible. Es difícil esperar un viraje radical sin superar el abismo entre la necesidad objetiva de cambiar los estereotipos de conducta hoy dominantes y la falta de disposición subjetiva a hacerlo por parte de los Estados, comunidades y las diferentes personas. Es necesaria una auténtica reforma espiritual que abarque los sistemas de valores, prioridades y orientaciones vitales, comprendidas las relaciones, tanto entre las personas como entre la humanidad y la naturaleza.

De ahí el papel y la responsabilidad de la ciencia, la enseñanza, los medios de información masiva. Las prevenciones de renombrados científicos sobre los peligros que amenazan a la humanidad se oyen desde hace mucho tiempo; por desgracia, pocos les prestan oídos, con frecuencia las ignoran, las olvidan. Los conocimientos atesorados por la ciencia sobre los retos globales deben ser patrimonio de la mayoría de la gente. El recurso principal para transmitir a las masas las conclusiones de la ciencia de modo accesible son los medios de comunicación. Su papel en la formación de la “sociedad del conocimiento” es de excepcional significado. El problema de la interacción de la ciencia con estos medios adquiere hoy singular importancia. Cuanto más dependa la sociedad del auténtico saber, tanto más los necesitará.

Pero el papel de los medios de comunicación, como sabemos, no siempre es consecuente, a menudo se contradice. Hay problemas de confianza entre los científicos y los medios de información masiva. Estos últimos, demasiado a menudo, en lugar de informar a sus lectores, oyentes o espectadores, los desinforman. Recurren a noticias impactantes baladíes, dejándose llevar por gustos primitivos, y son utilizados para manipular la conciencia pública.

Junto a la ciencia y la información existe otro importantísimo canal para atesorar los conocimientos sobre los problemas globales, sobre el desarrollo sostenible, que es el de los sistemas de enseñanza. Casi cualquier tipo de actividad requiere hoy en día conocimientos en el ámbito de la protección del medio ambiente. Lo importante es que ya desde la escuela se asimilen los hábitos necesarios para ser cuidadosos con la naturaleza viva, con el ahorro de energía, con los recursos hídricos, con la gestión de residuos. Las escuelas de todos los niveles están llamadas a iniciar a sus educandos en la concienciación sobre el patrimonio común de la humanidad, de la integridad del mundo, familiarizándoles con la cultura de la solidaridad y la paz.

Todos estos medios al servicio de la transparencia y la plena conciencia pueden recogerse en una palabra: glasnost. De hecho glasnost expresa más que transparencia: refleja un proceso exigente de despertar a largo plazo, que inevitablemente nos lleva a cambios fundamentales. Este proceso, aplicado al desarrollo sostenible, es imprescindible para combatir la apatía y para comprometer a la gente en la búsqueda de estilos de vida más equitativos y sostenibles. De este modo nos podemos enfrentar a la dominancia de los intereses a corto plazo y de falta de apertura en la toma de decisiones. El proceso de glasnost resolvería tanto la indiferencia como la ocultación y permitiría la recuperación de la confianza entre la población, los hombres de negocios y los gobernantes, tan necesarios si queremos vislumbrar alguna posibilidad de cumplir con los Objetivos de Desarrollo del Milenio para el año 2015, combatiendo la pobreza, la enfermedad y la desigualdad.

El agravamiento de los problemas globales se encuentra muy vinculado al atraso de la política mundial respecto a los procesos reales que operan en el mundo. La política falla, resulta incapaz de reaccionar como es debido a los retos de la civilización. Yo personalmente me sentí muy decepcionado por el fracaso del modelo multilateral, incluso con una prórroga de 10 años tras el fin de la Guerra Fría. Hemos desaprovechado una gran parte del capital de confianza y cooperación que emergió al final del siglo XX. Estoy convencido de que la política mundial contemporánea no debe basarse en el principio tradicional del equilibrio de las fuerzas, sino en el equilibrio de los intereses, cuyo principal recurso y método debe ser el diálogo entre las culturas y civilizaciones. La política tiene que basarse en la búsqueda de vías de colaboración y formas de superar las situaciones críticas mediante soluciones justas, reales y de continuidad, y no medidas paliativas o concesiones desiguales.

Durante muchos años, hombres públicos y políticos renombrados a nivel mundial se esforzaron para elaborar los fundamentos éticos del desarrollo sostenible. El fruto de esos esfuerzos fue la Carta de la Tierra (2000), una especie de código moral del planeta. En el contexto actual, es una tarea apremiante que el código universal de principios éticos básicos sea respetado por los gobiernos, las empresas y las organizaciones de la sociedad civil como imperativo para la supervivencia de la humanidad. En un mundo donde dominan la corrupción, la codicia y la usura, se necesitan líderes con la valentía moral necesaria para adoptar decisiones basadas en la observancia de los principios del desarrollo sostenible y de la nueva ética mundial.

Entre estos principios ocupa un lugar especial la solidaridad. El principio de solidaridad ha desempeñado en todas las épocas un papel muy importante, sobre todo a nivel de pequeños grupos, comunidades y movimientos sociales. En nuestros tiempos, sale a primer plano el imperativo de la solidaridad global, o sea, de la solidaridad de un orden superior, correspondiente a las condiciones de la globalización, como tendencia dominante del desarrollo contemporáneo mundial. El valor básico del desarrollo sostenible es precisamente la solidaridad, en sus dimensiones universal, humana e intergeneracional.

En la creación y el agravamiento de los problemas sociales y económicos se suele culpar –no sin razón- al gran capital, sobre todo responsabilizando a las empresas transnacionales. El mundo de los negocios, como parte del sistema socioeconómico dominante, claro está, lleva la impronta de sus males conocidos. Esto se manifiesta, por ejemplo, en las tan asiduas violaciones escandalosas de la ética económico-administrativa y en la corrupción. Sin embargo, observando de forma efectiva el código de conducta ética, los negocios pueden desempeñar su papel tanto en la protección del medio ambiente como en la lucha contra la pobreza. Ejemplos de ello ya existen.

Por eso merece respaldo la idea del Acuerdo Global ("Global Compact"), promovida en su tiempo por Kofi Annan, como mecanismo de cooperación de la ONU con los negocios privados para resolver los problemas del desarrollo. Las corporaciones empresariales adheridas al Acuerdo se comprometen a aplicar determinados principios relativos a la observancia de los derechos humanos, las normas de las relaciones laborales y la protección del medio ambiente, así como a presentar con regularidad a la ONU la correspondiente rendición de cuentas. La Cumbre Mundial del Desarrollo Sostenible en Johannesburgo (año 2002) constituyó un paso importante para establecerla cooperación entre la ONU, los gobiernos, las grandes empresas y las organizaciones de la sociedad civil en la movilización de los recursos económicos, a fin de resolver los problemas globales de la ecología, conservar la diversidad biológica y luchar contra la pobreza.

En la Declaración del Milenio, proclamada en la sesión de la ONU en septiembre del año 2000, los líderes mundiales volvieron a manifestar su respaldo al principio del desarrollo sostenible y a expresar su preocupación por los obstáculos con que tropiezan los países emergentes en la movilización de los recursos para financiar los programas de desarrollo sostenible. La Declaración subraya la importancia de la solidaridad como uno de los valores fundamentales para las relaciones internacionales del siglo XXI. La expresión concreta de este compromiso se especifica en los Objetivos de Desarrollo del Milenio formulados y estipulados en parámetros y plazos.

Para lograr estos objetivos de desarrollo y terminar con la creciente plaga de pobreza y enfermedad, primero debemos tratar uno de los principales problemas del mundo actual: la gobernanza global, y en particular la gobernanza sobre la globalización. Debe basarse en preceptos morales internacionalmente reconocidos: “La globalización –dice la Declaración del Milenio- sólo puede adquirir un carácter universal y justo a través de esfuerzos amplios y sostenidos para crear un futuro compartido, basado en nuestra común condición humana en toda su diversidad”.

Palabras buenas y correctas, pero lo importante es que cobren vida. Y eso es lo que debe verificar la opinión pública mundial, cotejando las palabras de los políticos con sus hechos. Nuestro mantra debe ser: ”no juzguemos por las palabras, sino por los hechos”. Por eso necesitamos una nueva glasnost que inspire a los ciudadanos para que se involucren activamente en la búsqueda de un mañana mejor. Creo en las personas y seguiré siendo un optimista activo haciendo llamamientos a favor de un cambio dinámico y positivo.

Mikhail Gorbachov